La dirección de la Bienal significó para mí asumir la responsabilidad de relanzarla después de doce años de silencio y devolverle su lugar en el arte contemporáneo. Fue y es promover entre los artistas la reflexión sobre lo sagrado desde lenguajes actuales. Pero también es un camino, una búsqueda compartida y, sobre todo, una experiencia de crecimiento espiritual.